domingo, 1 de noviembre de 2009

"Laguna Estigia"

Las noches de estas tierras, nuestras tierras, no tienen nubes ni son tan negras ni parecen infinitas. Los árboles vuelcan resina entre sus fracturas y de ello parecemos alimentarnos. Cada animal, sin merecer aludirnos, es extraño. Las hojas amarillas nunca caen, y si caen nunca se levantan, permanecen ahí hasta que cualquier semoviente las come. El sol nunca llega hasta el suelo. Dentro de esta hacienda inmensa, vivimos Carmen, Mariano y yo. No hay vida, sin ser animal, que habite aquí. Las únicas familias que conocemos es la del tendero y el velero, que viven en las orillas de la capital a cuatro horas a pie. Carmen dice que estas tierras nos pertenecen, que son nuestras hasta que ella y nosotros dejemos de vivir. Mariano, mi hermano, tiene dos años más que yo, discreto en todo menos en una cosa, sólo vive de día; antes que el sol se apague ya se encuentra haciendo trampas para ardillas y no sale de la cabaña hasta el otro día. Emprende en ello para que Carmen no le exija salir al río por agua, tanto Carmen y él lo saben, pero ni uno ni otro hablan de ese temor. Desde pequeño Carmen siempre me enseñó las rutas de estas praderas, los peligros que existen y los nuevos que pueden sobrevenir; nunca pierde la oportunidad de hablar del abuelo en la cena y cuando lo hace un lágrima temerosa se asoma entre sus mejillas. Se cansa de decir que si el abuelo estuviera todo sería más fácil. Yo también lo extraño, lo extraño en todo. De alguna manera siento que el abuelo quiso morir del otro lado del río y ser enterrado de este otro. Un hombre irremediable no puede morir en el lugar perfecto, pero el abuelo no fue irremediable ni murió en lo imperfecto, murió de este lado del río y de este lado todo parece cuestionable.

Hubo una cosa que tuvo inquieto al abuelo en sus últimos años, lo mantuvo sospechoso hasta el día de su muerte. Aquello que parecía traerlo de cabeza todo el día lo dejaba escapar en la primera oportunidad de nuestras conversaciones; hablaba que el hombre vino a este mundo a comérselo a bocanadas, tan grandes como las fantasías que se dejan en cualquier rincón falto de vida, Mariano se alejó del abuelo, yo permanecí en quietud escuchándolo. Dijo que el hombre que no miente tiene en su alma soberbia y fastidio. Nunca entendí, y aún en sus hazañas representadas me divertí. Una vez me contó que estas tierras eran acechadas por un animal, un animal grande y egregio que guardaba cada montaña con sus frutas y ríos, que sabía de nosotros tanto como nosotros de él y que cada noche bajaba por una cumplido de nosotros, siendo estos de su antojo y dicha. Permanecí sobresaltado mientras él hablaba; dijo luego que el animal lo había arremetido más de una vez y con penas pudo escapar, que se había comido vacas enteras de nuestro rebaño y las dejaba laceradas en las puntas de los árboles resinados para que diéramos cuenta de su existencia. Esa noche y las demás, hasta la muerte del abuelo, padecí la misma expectación de siempre.

El abuelo murió siendo un hombre de palabras extrañas, de alegría envidiable y de fuerza modesta. Murió de mañana, mientras Mariano y yo salíamos a coger la resina de los árboles. Carmen se abalanzó a su espalda cuando lo vio caer, ligero como las hojas amarillas, y así como las hojas nunca se levantó. Regresamos porque Carmen gritó desde el otro lado del río, un grito cimentado por miedos, tan fuerte como su asombro y mezclado entre las ramas llegó hasta nosotros. Cuando tornamos el abuelo yacía en el suelo con la cabeza inclinada a su hombro, con los brazos en su pecho como exigiendo un suspiro que no alcanzó, con la boca abierta y en ella bocados desmenuzados. Carmen lloró el día entero y esa misma tarde lo enterramos junto a la cabaña. En un pedazo de tierra hicimos un hoyo profundo y ahí lo metimos erguido con los pies en el fondo y la cabeza en el tope, como él lo pidió.

Postergados los días, supimos que el abuelo no regresaría y que Carmen en su desdicha tampoco, así que Mariano y yo decidimos regresar al trabajo, le dejábamos notas a Carmen por debajo de su puerta con un bandeja de comida. Salíamos todos los días temprano a recolectar y si había tiempo íbamos a la capital a venderla. Una noche antes de que Carmen se decidiera a salir del cuarto, pensé en aquella historia del abuelo, tuve miedo pero me sentí entusiasmado. Pensé ahí, como lo hizo el abuelo, en encontrar y burlar al animal. Al otro día, fabriqué una trampa de lazos en el árbol más viejo que estaba al otro lado del río, donde según el abuelo había sido la última vez que el animal había dejado a su presa desmembrada en su punta. Procuré unos lazos fuertes y de doble hechura, largos y con dos vueltas cada uno, a uno de ellos le unté veneno de ratas para sorprender al animal por el cuello. Mariano no quiso ayudar, dijo que el abuelo había muerto y sus historias se habían ido con él. Carmen con nuevos impulsos no supo nada de la trampa, y advertí a Mariano guardar el secreto hasta que el animal estuviese muerto entre el entelarañado árbol.

Carmen se recuperó más tarde de lo que creía, apenas y pudo darnos órdenes al día siguiente de las labores. Todas las tardes cayendo la noche iba a vigilar la trampa. Amarré el lazo tan fuerte como pude hacerlo. Miré el árbol desde abajo y me aseguré que la red estuviera halada desde el extremo de la rama y de nuevo la jalé hasta asegurarme del pillaje. La luna me miraba justo en el punto que permanecía más clara. La trampa era hecha con el más puro ingenio. Pasaba más de las once y desfilaban las lagartijas alígeras entre las hojarascas que rodeaban mis pies desnudos. Justo cuando terminé de hacer el último nudo al otro lado del río gritaba Carmen inquietada. Subí por el tronco hasta alcanzar la última rama, de ahí grité con fuerza hacía el río, contesté suave para no preocuparla; ya no contestó. No pude ver nada, el reflejo del agua venía violenta en pequeños espejos quebrados, estando arriba aproveché para procurar un nudo flojo y tomé del cinturón un pedazo para enmendarlo hasta arraigarlo al tronco. El árbol más frondoso y viejo de este lado del río. Satisfecho de haber terminado la asechanza, me tiré en sus ramas y cerré los ojos, nunca miré al cielo, no me importaron las estrellas, el oscuro incómodo de la noche no me atrapó. Permanecí quieto escuchando la corriente brava hasta que la resina envuelta en madrugada se cosía en mi ropa. Carmen comenzaba a gritar ahora de este lado, estaba cerca, bajé de un saltó y corrí al riachuelo. El bote estaba sujeto a las cisuras del suelo, busqué a Carmen y salió de los arbustos negreados en sombras. Sacudió con palmadas mi ropa la resina del árbol. Me llevó hasta el bote y lo desamarró con prisa.

- ¿Qué hacías, has visto la hora que es? Tres días José, tres días y no llegas temprano. Mariano llegó desde las seis, terminaron de recolectar temprano ¿y tú? La revuelta del río se embrava en la noche, ya lo sabes.

Mientras Carmen hablaba pensaba en el nudo de la rama, no sabía si estaba lo suficiente fuerte para aguantar el peso del animal. Mi abuelo dijo que el animal pesaba una tonelada, nunca entendí cuánto pesaba eso, en la capital pregunté al tendero y en tanto mi hermano vendía la resina al señor de las velas, corrí a preguntarle al abacero y contestó que eran más o menos como cuatrocientos kilos. No le creí, cuatrocientos de esos son los que guardamos en tres costales de resina. Me pareció bastante, pero si mi abuelo habló del animal y de las tres veces que tuvo que enfrentarlo mientras regresaba caminando de la capital, es porque lo conoció. Dijo además que tenía forma de tigre y que a sus vacas se las comía trepándolas a los árboles y ahí las dejaba destazadas. Una vez, cuando mi abuelo ya había muerto, le pregunté a Carmen si el animal existía y me respondió que andar por la noche solo es tan peligroso tanto como creer en esas historias. Fue ahí cuando supe que mi abuelo nunca mintió. El abuelo me contó que sus colmillos son largos y ensortijados que parecen costillas de toro, que raspan su barbilla y al abrir la boca su aliento adormece hasta al más grande rumiante. El bastón que usó por años fue del cerrazo que recibió cuando lo emboscó en la montaña al otro lado del río y como no pudo esquivarlo saltó al río y nadó tremenda distancia que llegó fatigado a casa con ganas de llorar su resina que yacía húmeda en el costal. Carmen dijo que el bote se fue con la corriente porque el abuelo la había dejado sin amarre. Yo creí más en el viejo, a partir de ahí se valió de una muleta.

Esa misma noche, cuando cruzamos el río para ir a casa, Mariano estaba en la entrada de la barraca esperándonos, me miró en reojo cuando entramos a la cabaña y disimuló no saber nada de mí y de la trampa. Al cenar, se acercó a mi lado y preguntó por la hazaña. No pude contestar nada porque Carmen se acercaba con los barros bañados de salsa. De alguna manera pensaba darle una sorpresa, quise que el secreto permaneciera entre Mariano y yo, y cuando el animal estuviese atascado entre las redes de mecate, comprobarle a Carmen que el abuelo tuvo razón. Puse el índice en mi boca para callar a Mariano. Comimos mientras Carmen hablaba de las tierras que le arrebataron los federales al abuelo con la reforma agraria y de las hectáreas que tuvo que compartir con los Corteses y los Rosales, pero eso nunca nadie lo entendió. Balbuceó luego de lo solos que estábamos en estas tierras, de lo difícil que era el trabajo y los desiguales haberes que tendría la resina en estas fechas. Encomendó a cada uno la tarea del día siguiente, Mariano a la recolecta y yo tendría que ir a la capital a buscar al señor de las velas para regresar dos costales húmedos que ya no servían; no refuté palabra, me gustaba ir a la capital, ahí veía gente y me sentía como gente. Necesitaba además más veneno para ratas, del mismo que utilizábamos para matar a las ardillas que se acercaban a roer los troncos llorados en áloe, para que penetrara en la gola del animal al momento de atraparlo. Lo planeé de tal forma que el animal se degollara con el lazo salpicado en veneno. Carmen hizo una lista de todo para dársela al tendero y me advirtió de llegar tarde.

Al día siguiente, me levanté temprano, me puse las botas de andar y salí corriendo. Mariano ya estaba en la foresta racimando, tomé el bote y crucé el río asegurándome de que Carmen no me viera. Llegué al árbol y la emboscada estaba ilesa, no encontré las hojas rotas ni surcos corpulentos como dijo el abuelo. Decidí irme antes que Carmen llegara. En la flecha para ir a la capital pensé en dejar un becerro de esos enfermos que apartaba Carmen para dejarlo de carnada. Hice todo muy rápido en la ciudad, di la lista al tendero y todo lo acomodó en un costal. Supe que tenía tiempo para dejar el cordero en el árbol.

Fragmento primero…

"Los encuentros se suceden pero nunca se parecen" Valérie Tasso.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Como siempre es un deleite leerte.

Buena historia… (espero el siguiente fragmento).

Enhorabuena César.

Karla Filloy Maristaín dijo...

creo que todo esto tiene un enfoque metaforico pero no qquiero adelantarme espero leer el siguiente fragmento
Ciao ciao.