lunes, 9 de noviembre de 2009

Caspar David Friedrich Der Wanderer über dem Nebelmeer

Quiero tocar todo, para que todo me toque. Verlo todo para que todo me vea.

Lo he visto mucho y él me ha observado bastante. Nos perdimos en nuestros ojos. Primero atinamos bajo las cejas, después esquivamos las pestañas y centramos la pupila, instintiva e instantáneamente nos echamos el clavado. Toda la construcción de su cara se deformó y me envolví en esa profunda obscuridad. En su cabeza, dentro de muchos caminos, el que más ha cuidado, es el de la imaginación, es su consuelo y su salvación; a través de ella se descubre a sí mismo, ahí une su consciente con su subconsciente, pero a medida que me iba acercando se daba cuenta de mi curiosidad y me cerró esa entrada, tuve que ir a otro lado. Por un momento creí que me iba a caer, que iba a resbalar por la nariz y que me tendría que guarecer en los montes de sus labios, pero no. Me mantuve dentro de su mirada seria y directa a la mía.

Él dice que dentro de la mía había una gran contradicción y me hizo un dibujo al respecto, que todo era un laberinto surrealista pero que dentro las cosas estaban muy ordenadas, todo en su estante y acomodado por orden alfabético, todo muy limpio. Él, en cambio, una maraña de pasillos, en unos no tiene nada, varios están todavía cerrados, algunos no tienen salida y otros están atiborrados de cosas: periódicos, sonidos, imágenes, sillas, palillos y plásticos.

En fin, ambos nos observamos por lo que parecieron horas. A destiempo pero los dos nos reímos, nos enojamos, lloramos... creo que estuvo bien que nos interrumpieran. El flujo de consciencia es peligroso cuando se está en su formación y no es la nuestra. Total, nos interrumpieron y salimos corriendo. Él sigue siendo un misterio y quiero ver qué hay en los pasillos cerrados, al menos ahora lo comprendo un poco más. No es una historia narrada, no tiene ilación...

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