Ésta, es una de las pocas veces que medito lo que escribo mientras pienso en la causa que me lleva a cavilar lo que procuro profundizar escribiendo. Luego caigo en la cuenta: es domingo, y siempre -desde que tuve una computadora personal a los trece años- me he sentido incomparablemente jodido cada domingo, uno tras otro sin prórroga.El origen es simple: el domingo es un vagabundo que recoge colillas de tabaco en cada rincón de las barandillas de una coladera. El domingo es un piloto siniestrado por la caja negra de su avión, cuán más larga la picada parece. Es el domingo el periódico que dejas en la basura sin leerlo con el número de serie ganador idéntico a tu boleto de lotería. Es la pre-regla mensual de una mujer que come chocolates por su auténtica depresión nocturna. Mis domingos son el 5 en tu resultado de examen al que dedicaste tres días ensayando. Es una fractura al dedo contra el buró de tu recamara. Es una mancha tremenda en la corbata. Es tan irritante como la goma de menta, como la carne entre dientes. Así es mi domingo, escandaloso como el payaso que sube al microbús, como la toalla que olvidas en la ducha; tan desesperante como la fila del metro. Predecible como horripilante, alterno como humillante, vacío como las nubes de Sinaloa en su temporada. Tan falaz como Al Gore hablando de su “Global Warming” en una de sus tantas mansiones que producen más dióxido de carbono que una ciudad entera. Éste es mi domingo, tan pesimista y arrogante como soy yo en él.
Antes comprendía que los domingos no eran para mí, ahora sé que son para meditar, reflexionar, es el momento en el que uno se queda sin nada, todo se para, la ciudad de neutraliza y los comercios se llenan. Es cuando puedo ver -aún con la televisión apagada- fútbol a diestra, reality shows de vulnerables tonterías y vómitos de incontrolables mercancías. Todo huele distinto, el polvo toma mayor fuerza para que pueda contemplarlo más nítido. El espejo se quiebra en una corta afonía. Y qué decir de la Hora Nacional a las diez de la noche, la basura que rescatas de la radio para sentirte culto, y si alguien te observa desintonizarla piensan en la ignorancia que llevas por bandera.
He decidido no asistir más a las reuniones familiares que hacen en la casa de mi abuela cada domingo, siempre los mismos rostros, llenos de jactancias, impávidos de sus nuevos automóviles, carteras hinchadas nomás por no dejar; las mismas pláticas de siempre, las mismas presunciones de cada domingo, los nuevos diplomas de mis primos, las nuevas novias de ellos mismos, carne asada para desfigurar sus dietas, temas centrales de la reunión: la mitología del amor y sus posibles variantes a visión de cada uno, la filosofía de Jodorowsky y la perpetuidad del tarot en nuestras vidas, mi licenciatura y mis proyectos, el ejemplo de los tíos doctores y la venganza de los abogados. Sin inmiscuir en las preguntas forzadas que me hacen: “¿Cómo has estado?, ¿Cómo te ha ido?, ¿Por qué no habías venido?, Tengo un problema legal, ¿me puedes orientar?” Hay que guardar un poco de discreción en cada pregunta, sin caer en lo absurdo ni en lo verdadero, responde lo primero que te venga en gana, así notarán tu fingida apatía y se irán. Luego viene la pasarela de moda, las tías presumidas de sus hijos que lograron entrar a la UNAM, las enojosas bromas del tío, la clarividencia de mi madre, la extraña sensación de salir corriendo a fumar un cigarrillo que se ve nublada por la colateral y afectiva frase de los tíos hacía los primos menores “tienes que dar el ejemplo, no fumes”, la amabilidad de unas cuántas travesías. He ahí que se dejan venir los primos “intelectuales” con nombres de libros y de documentales igual de rancios que su soberbia (Había dicho antes, en algún texto, que odio que hablen de libros tanto como quien sea yo que los escuche), por diligencia me guardo las ganas de gritarles: ¡El hombre instruido lleva en si mismo sus riquezas! Nos evitaríamos mi saliva si hablamos de lo natural en los malditos: la verdadera realidad subastada en una vida normal. Después todo es parsimonia. Te miran de arriba a abajo, más al fondo hasta que descubren tus nuevos tenis, tu pantalón, tu sweater y te regalan una sonrisa acompañada de una pregunta: “¿Dónde los compraste?, están bonitos”. Las vetadas discusiones que entablas con los demás te hacen pensar en la necedad que dejó el ADN en tu vida. Una elocuencia conocida ya de hace muchos años me separaron de eso, de la menor oratoria conocida como familia en un domingo agradable, por decir. En la vacilante huída de esas reuniones se acercan las recetas médicas, los asuntos legales de los evasores fiscales que tengo por tíos, las posesiones a titulo gratuito adquiridos por décadas. Mi labor como integrante, se representa en la nada, como el tigre que espera el momento indicado para arrojarse sobre la presa. A la abuela es a la única que extraño.
Imaginable domingo, te llevas todo, me dejas frito. El día séptimo de Dios, igual de caótico que su creación. No hay caso.
4 comentarios:
es buenisimo cesar, buenisimo creo que todo stenemos una familia igual jeje me entere que te fuiste a hidalgo y no invitas ya saca algo no???
Es agradable saber que todos esos terribles días no son casos aislados. Es cuando le tengo horror al celular -siempre hay avisos de tareas o deberes-. Son los peores días y los acabas de hacer un referente para una sonrisa lejana.
Gracias.
un fin de semana brutal!!!
me encanto cesar
Jajajaja
Excelente, excelente …. creo que la familia no se elige, pero tenemos que aprender a vivir con ella.
Enhorabuena César.
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