A veces creo, con miedo a destrozar la caja de recuerdos, que compartíamos gustos; tremebundos viajes y lo original de ambos: obviedad, elocuencia y meditación. Quizá sea que, con cada persona que te encuentras por vez primera, tratas de resguardar lo afín para sentirte en plenitud. Aunque pueda decirlo parece ser lo más habitual de todos y rehíla lo difícil siempre, como cualquier cosa que termina por temerle el hombre. Tras haber dominado esta dificultad, y empleado muchísimo tiempo en ello, nos dedicamos a ver la posibilidad de conseguir más. Por mí parte, yo no sabía decir qué parte del mundo podía parecerme plena y convencida hasta conocer los cuatro metros de tierra de los que estoy rodeado. Además, tras meditar un poco el asunto, llegué a la conclusión de que, si aquella tierra era la costa de más costas que se engarzan, nada parece infinito y aún hundido en dudas, el horizonte se hacía pequeño.Con esto apacigüé mi mente y dejé de afligirme con infructuosos deseos de estar aquí o allá. Para aquél, que en el primer párrafo no entienda, la cosa es simple: cada ser, para mí, es un pedazo de suelo al que no estoy invitado, y si por alguna extraña razón, me instigan: echo un salto para allá. Ya veré yo cómo me hago entender: que para decir las cosas no se necesita mucha literatura.
Las cosas cambiaban de vez en vez cuando me quedaba atorado en los suelos. No tenía ningún motivo para estar allí, agua, licores, cristales, barriles, excepto varias cadenas que no compactaban mis tobillos ni mis manos, era una cadena esteparia fundida por poco en el pecho. Que de alguna manera ordenaban todo el sistema inmune. Una joven dama, para mí en ese tiempo, me contó que en el pecho es donde el ser humano guardaba cajas, y cada una recibía un nombre, por ejemplo: la caja de los recuerdos, la caja de las lágrimas, la caja de la alegría; en sí, una de cada sentimiento o sensación al que el hombre se acostumbra. No sé que fue de ella después de eso, tenía un olor muy arcaico, parecido a la banana fresca. Cubrí cada propósito que ella me tenía reservado, cantidad de cosas que me contaba como marmitas de un barco grande sin ser usado. Me dijo luego, que cada caja que guardábamos en el pecho, se abrían y cerraban al sentir algo. Me preguntó qué caja creía en ese momento que estaba abierta al estar con ella. No supe contestarle, sentía abiertas demasiadas. Durante ese período hallé muchas más formas de emplear mi tiempo con ella (y todas muy adecuadas), porque hallé grandes ocasiones de realizar muchas cosas que no tenía forma de proporcionarme excepto a través de ella. En particular, intenté otras formas de comunicarme, de reírme y hasta de darle un carácter mágico y místico a la vida, tal y como ella me lo había enseñado. Al descubrir que mis primeras huídas con ella fueron en la primaria, imaginé fácilmente que se debía a su belleza, un terreno muy húmedo para hacer otro intento de sequía. Y sí, si a alguien le debo las letras, es a ella; fantasmal historiadora de burlas realidades. Fue una gran ventaja para mí, pues ya comenzaba con libros de Emilio Pacheco y cuentos de Paco Ignacio, mismos que ella me había obsequiado con una leyenda en la pasta trasera: “A veces mentimos más de la cuenta por falta de fantasía, la verdad también se inventa”; de ahí, no pude detenerme en memorandas e inolvidables lecturas. Comenzaba inventándome historias de obviedades ópticas: una de ellas, según su cuento, fue el nacimiento de los colores. Hasta ese entonces para mí, no existían más razones y orígenes de las cosas que no fuesen hechas por Dios mismo. Un puñetazo en el cráneo, muy sutil de su lenguaje adujó, que había un viejo extático, en los principios del mundo, cuando aún no había colores, guardaba en su casa cinco colores en un baúl viejo, separados en recipientes. Mientras él paseaba por el bosque, los colores salieron de sus frascos y comenzaron a mezclarse unos con otros hasta dejar de existir. Para cuando él regresaba, vio un tremendo alboroto en el baúl y lo abrió, pero en ese momento los colores, que ya eran muchos, saltaron del baúl para expandirse en cada rincón de su casa hasta salir al bosque e iluminar el mundo. Quisiera poder narrar de la misma forma, y si ella estuviera aquí, se reiría inmensamente de mí y de mi escaso lenguaje, pero siempre con una sonrisa; aún así, en general, ésa era su sucesión. Prometí guardar hasta el final, el cuento de los sonidos, el nacimiento del hombre y por qué hay hombres con ojos azules. Una ocasión, mientras caminábamos a su tienda de artesanías, me dijo que el hombre pasa por el mundo sin sentir la vida en cada momento, que todo lo que el hombre científico trata de explicar está dentro de él, que las etiquetas de cada cosa son ilusiones de algo que nadie aprecia sin saber su nombre, me habló además de que estamos hecho de polvo cósmico. Pero nunca olvidaré lo que al final me preguntó: “¿En el universo, somos parte o excepción?”.
Eso me causó tanta impresión que, una vez pasada mi sorpresa, dejé a un lado todos mis demás hoves, la bicicleta y los patines, y me apliqué en los libros y textos que ella misma fabricaba. Me costó mucho trabajo, y muchos días, antes de llevar a cabo el riesgoso y navegador viaje, sin merecer otra cosa a cambio que unos lentes graduados. En ningún momento pensé en mi propio peligro, en el hecho de que, si la caja de amor estallaba en mi pecho, yo nunca iba a saber qué me había pasado. Sentía que el corazón me daba un vuelco cuando pensaba en ella y la sentía llegar; al mismo tiempo ocurrió que, después de haber trazado mis planes para cuando la caja reventara, le pediría otra historia donde ya no hubiese cajas de madera, sino algo perenne, pues mi humildad no permitía imaginar otra cosa más fuerte. Y ahora ya no dormiría con los brazos al pecho esperando el momento del estallido, sino lleno de aproximadamente una milésima de seguridad.
Esto me decidió a poner estacas en mi caja de alegrías, con una bandera muy asaz de apego y cariño por ella. Siendo mayor, descubrimos la vida misma juntos, démonos cuenta que ya había instantes y semillas germinando por dentro de cada uno, al menos eso pensé; y que algún día darían una hermosa sombra, suficiente para albergar en la estación de sequía un pedazo de suelo fresco. Los días de Mayo eran nuestros más provisionales, y era así que me convencía que pasaría mi vida junto a ella para siempre, que a pesar de no conocer muchas cosas a mi corta edad, ya sabía al menos lo que quería de la vida, y puedo presumir que eso, cualquiera lo anhela. Sin embargo, como lo impredecible baja de un sentón a las hipótesis, yo recibí uno que hasta ahora, después de doce años, guardo su fotografía en mi caja de recuerdos, sin tablas y vigas apoyadas como aquel tiempo.
Mientras crecía la amistad, hice un pequeño descubrimiento que más tarde me resultaría inútil: tan pronto como cesaron las lluvias y el tiempo empezó a asentarse en las avenidas, lo cual ocurrió hacía el mes de noviembre, hice una visita a su casa. Cuando llegué, la casa estaba completamente vacía, vivía con sus padres, hija única de un matrimonio ejemplar. Después me enteré que se había marchado con su familia a Chiapas, a defender lo que era de nadie, y el hombre –tan imperioso como es– creía suyo. Entonces sentí, en aquel momento, que la caja de tristeza se había reventado y me arrepentí de nunca haberme preocupado por esa.
4 comentarios:
Tan nostálgica historia como la parte final de una malteada de vainilla;
es como ese sonido de popote vacío con aire,
el sonido más triste del mundo.
"Happiness is a warm gun".
muy tierno, excelente esos amores que nunca se olvidan y los recordamos para siempre aunque ya no estn con nosotros
Hermosa historia, eres excelente en lo que haces. En verdad me gusto mucho tu historia.... "la caja de los recuerdos"... cuantas cajas verdad?
César es un deleite leerle, enhorabuena
PD: aún que no me responda
Cesar este relato es muy tierno y conmovedor
parabéns para usted!! excelente relato
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