domingo, 2 de agosto de 2009

"Mi madre sin posdatas"

Trato de no pensar en aquél día:

Mirando el espejo titánico de aquella recámara, sentado sobre la cama de mi madre, levanté una almohada y bajo ella descansaba una nota: “La casualidad de hoy es enorme”. Quise encontrar alguna firma, algo que me llevara al dramaturgo. La nota estaba completamente arrugada y sin rúbrica. La dejé en su lugar, sin pretender la espía. Había visto películas mugrientamente románticas de hombres que cortejaban mujeres con notas de amor. Aquí no se trataba de amor, era una frase moldeable a cualquier arrogancia.

La casa tornaba menos clara en aquellos días, mi padre había regresado a los tés de hierbas para abatir sus nervios, la empresa lo tenía deshecho, pero en el fondo se sentía complacido por su extenuante trabajo como director de sistemas. Mi madre como secretaria de almacén se hacía de nuevas amistades, llegaba a casa con un drama de mediterráneo, comía poco en casa y se preocupaba por la limpieza extrema del hogar, extrañaba su apatía por el polvo. El reciente trabajo de secretaria la hacía sentirse mala casera.

Esa misma tarde, mi mamá llegó tardísimo del trabajo. Mi padre la saludó de buen modo y la besó como siempre: roce de labios sin alarmarse mucho. Cenamos juntos, y mientras mi padre platicaba de los nuevos sistemas que compraría la empresa, mi madre permanecía inquieta con los ojos clavados en los cuadros del mantel, paseando la cuchara en círculos por toda la taza. Mi padre puso su mano sobre la de ella y le preguntó si estaba bien. Mamá sólo le miró de reojo, estaba cansada y eso culminó en una sonrisa. Nunca había tenido escenas así a la hora de cenar; pensé que la nota tenía algo que ver. La nota en su cama me había dejado intrigado y corrí a buscarla, levanté la almohada pero ya no estaba. Pasó un rato y mis padres se fueron a dormir.

Yo no puedo dormir cuando tengo cosas en la cabeza, más que un asombro era una gran travesía. Mientras no podía pegar los ojos busqué en toda la casa más notas, pero no encontré nada. La fortuna hubo cuando hurgué en su bolsa de mano; había dos notas, las dos de papel diferente, parecía que mi madre aún no las leía, estaban cerradas y completamente limpias. Las abrí y una de ellas tenía escrito algo así: “Tu paciencia estresa el amor que te tengo”. La segunda, menos añeja: “Luisa, es hora de decidirlo, así más no puedo”.

En ese momento me vino al estómago un vació, un vacío que carcomió cada intestino hasta subir por la garganta haciendo un nudo de emociones. Memoricé cada palabra y llorando saqué las notas de la bolsa para guardarlas en mi buró. Esa noche no pude dormir.

Al día siguiente, mi madre salió muy temprano de casa, llevaba puesta una mascada en su cuello y una gran alegría en su rostro, como casi nunca. Mi padre decía que esa mascada sólo la utilizaba cuando estaba nerviosa, en las citas con el médico o cuando salían a cenar a algún lugar de gala; eso me puso de cabeza. Tomó su bolso y echó una mirada adentro buscando algo, no supo que la contemplaba desde la recámara hasta que cerró la bolsa y se despidió de un beso, sin darle importancia.

De un momento a otro, desde hacía días, mi madre formaba un carácter menos hostil, se le iba la alegría en la casa, hablaba menos con papá y se iba a dormir rápido, se justificaba diciendo que estaba cansada y eso le hacía escapar de nosotros. Había veces que telefoneaba por las tardes horas completas a pura carcajada y en ocasiones en voz bastante baja, lo suficiente para que mi padre y yo no la escucháramos. Ya no salíamos a ninguna parte porque mamá dormía todo el fin de semana. Yo no sabía si mi padre se había cansado de tener que ablandarse con ella, o si ese estatus emocional de mi madre ya no le importaba. La verdad es que las cosas marchaban mal entre ellos: mi padre siempre se sentía obligado a estar con ella, Luisa, mi madre, no tanto.

En esos días ya no podía estar; cada vez que la casa se quedaba en completo silencio, buscaba notas, memorizaba las tres pasadas y me llegaba una melancólica extraña. Sentía reproche de mi madre, de mi padre, y en ocasiones hasta de mí; él tenía que saberlo hasta que yo no pudiera controlarlo. Por su lado, mi madre cambiaba constantemente de temperamento, cualquier paso en falso que hiciéramos le hacía explotar y gritonear hasta llegar al llanto. Por eso, mi padre y yo, nos aquietábamos en la sala hasta que ella se marchara a dormir.

Una tarde, mientras jugaba en el patío, encontré una nueva nota en la puerta: “Hoy es el día que ansiamos Luisa, sabes tanto que te amo que ya decirlo se me hace una bella costumbre”. No había visitas frecuentes en casa, nadie buscaba a nadie sino estaban mis padres. Traté de recordar quién pudo haber venido esa tarde; y comencé: nadie. Sólo había llegado Javier a dejar las listas mensuales a mi padre. ¡Javier, el ferviente asistente de mi padre! Sentí lo que nunca: una arrítmica palpitación que parecía salir de mi pecho, la cara se me vino en blanco y comencé a temblar de rabia. Esa misma noche –pensé– mi padre tenía que saberlo todo. Ya no podía con eso, tenía que compartir ese coraje en el que me vi encerrado toda la tarde. Caminaba por toda la casa atando los hilos: las llamadas, los temperamentos de mi madre, el aislamiento de mi padre, Javier, las notas; era una gran sopa de inquisiciones que terminaron por provocarme dolor de cabeza. Recordaba a mi madre y las venas se me saltaban. No sabía si la cólera que sentía por ella era natural, me estorbaba esa afinidad que demostraba todos los días con nosotros.

Esperé a que llegaran mis padres, tardaron mucho, así que traté de relajarme un poco. Cerca de media noche, llegaron los dos, tomados de la mano y alegres, se besaban, mi padre la cargaba y mi madre lo veía con cualquier profundidad empecible. Me llamaron muy exaltados desde la sala. Tomé fuerza valiéndome de las notas en mi mano, me acerqué a ellos, no podía soportar que mi madre fingiera tanto. Cuando estuve a su lado, apreté las notas tan fuerte como pude y las enseñé a mi padre. Miré a mi madre llorando. Papá tomó las notas sin abrirlas y alegre me dijo:

- Tu mamá está embarazada, ¡Tendrás una hermanita!…

Por tercera vez en esa semana, sentí lo extraño, y ahora más hondo. Me quedé paralizado; como si el tiempo, midiéndose en segundos, acogiera vértigos entre él y yo. Mi padre al ver las notas arrugadas se fatigó en una carcajada:

- ¡Vaya!...Pensé que tu mamá las encontraría más rápido.


A Annel, que soporta mis incontrolables propósitos.

10 comentarios:

Israel Honaya dijo...

Ya no habia pasado por el blog y ya m puse al dia

Socio ya te dije que te prefiero del otro lado este es un buen relato

Anónimo dijo...

Gracias, qué mejor podría decir? Aún no lo se...
Que escribir siempre sea incotrolable, eso lo soportaré mucho mas que agradecida.

AvA dijo...

Bellísimo ¡!

Karla Filloy Maristaín dijo...

muy bueno cesar muy bonito

Anónimo dijo...

The most influential thing that I read this year!

-Yours
Daphne

Anónimo dijo...

Great read! I want to see a follow up on this topic.

-Warm Regards
Kermit

Anónimo dijo...

Could be the top blog I read this month!?!

Dawn

Anónimo dijo...

I am thrilled you took the time and wrote that post.

Tamika

Anónimo dijo...

Hey Kieth, rofl!?

Anónimo dijo...

Dedícame otro jajajaja!!!