miércoles, 5 de agosto de 2009

1968


[…] yo había dicho: “No renegaré a esta soledad que nos orille.
Aboites y Jana…” Bella escena. Y ella sale con:
“No pensarás en salir [con…?”]
La brisa peina las ramas afuera,
murmura, es cadencia. Y mata.

La música de Jana aquí es más poderosa, ya que deja hablar, sin maquillarnos, a esos sombríos habitantes de la memoria afectiva. Otro de los instantes álgidos, es éste:

Jana susurra con los dientes apretados, un poco de saliva en su barbilla; mastica el afecto que dejó atrás, muy atrás: “¿Qué hemos hecho?, no sé si tú lo merezcas. Siempre pensé en el peor final, sin embargo éste es horroroso. No lo merezco”

Al fin y al cabo, el propio Aboites se pronuncia respecto de la traducción que tiene el aire de allá afuera, el sonido de una maquina pesada en los pasillos (arrastrada por dos o tres hombres más fuertes que él), el constante frío que encierra el cuarto y el óxido de aquella puerta atrancada. Sin dejar de lado la incomunicación que tienen con el exterior.

Jana, protagonista de Luz eléctrica en mis muñecas (ahora mismo)…, es una flema subiendo por la garganta desde el esternón. Aquí aparece dibujada como trasfondo.

A Aboites le gusta leer periódicos en las noches, después los quema en su ventana. Y las mujeres, sobre todo las mujeres. Además tiene por fetiche una boina negra con tres estrellas en la delantera: una, dice, es la estrella de Independencia, la que está en medio es la de la Revolución, y la tercera significa todo: new age, libre albedrío. Aboites tiene tan sólo diecisiete años, estudia la preparatoria, en la nueve. Estudia como la Providencia misma, sabe de filosofía y letras. Y lo natural en los malditos según la televisión parados un año atrás, desde Avandaro: drogas, música, reventón y divertidas escenitas de celos entre estudiantes y embajadas, políticos, aduaneras, y el Congreso de la Unión. El sopor que priva las alas. El pasado de Aboites es siempre limpio, elegante, sembrado de destellos que, a falta de un contraste convincente, acaban por brillar ya mucho. Sus cabellos largos, hasta la gola, le dan un merecido acento clásico. Le gusta tocar la guitarra, pintar, salir por la cuidad sábados y domingos hasta esconderse en su cuarto de libros. Extraña todo (ahora), inconsciente de su ambiente estará dispuesto a quedarse tranquilo por horas hasta que su fe se materialice en un contrato colectivo, o una huída; ya no sabe. Siempre ha sido una persona seria, pero no se reserva lo que cree necesario escupir. Sacó la altura de su abuelo, tiene agallas, es incansable. No tiene apetito por los vicios, piensa constantemente en ellos como la fascinación advertida y eso le excita. Vive solo en la capital, se las arregla como puede, duerme en los cuartos para estudiantes con sus amigos. Por las noches se imagina el futuro, periodista o cronista, aún no lo decide. Ha comenzado a trabajar en un Bar al sur de la cuidad, de ahí se alimenta y le sale para uno que otro libro. Hijo único de madre Italiana y de padre mexicano, muy afrancesado por las costas de Morelia. Vino a estudiar, siempre le gustó la capital. Cualquier expresión de su entrono le parece arte, más que eso: vivencias generacionales compartidas. En este momento piensa en los ojos cálidos de su madre, en su sonrisa, la contempla imaginando mientras escucha a Jana llorar. Es un Soñador, siempre le dijeron. Admira a pocas personas, eso le da fuerza para crearse su propio personaje dentro de cualquier comedia.

[…] Jana nunca lo supo.

Aboites no conocía a Jana hasta hace ocho minutos, cuando la vio acostada debajo de esa cama en la que él pretendía esconderse.

Un destierro estatal en los poblados periféricos de Hidalgo, hicieron a Jana huir con su Familia a otros poblados cercanos que no estuvieran pendientes de una expropiación federal. Jana es maestra de una primaria rural y tiene resentimiento de su propio Estado; la casa que le quitaron a la mala los federales la heredó de su padre, sin prórroga la demolieron con otras más para construir ciudades del futuro. Cuando escucha el himno nacional todos los lunes en la explanada junto a sus alumnos, la aquejan nauseas y ni siquiera levanta la mano al pecho. Estudia su segunda carrera en el poli, algo que le apasione más que enseñar vocales; es justo pensarlo después de veintidós años, dice. Jana decidió estudiar Música, es su primer año y aprende tenazmente porque se apasiona con tanta apostilla. Ya grabó su primera melodía “Luz eléctrica en mis muñecas”, fue aplaudida por todo el Auditorio Carmen Boullosa cuando la presentó junto con sus compañeros de clase. Ha sido de los mejores momentos que tiene tallados en la memoria. Saliendo de la facultad -se prometió- hará su propia escuela de música para los alumnos rurales. Jana ha gastado sus años mondando el mismo sueño, fatigando el mismo imaginario, inmóvil en un sombrío rincón de la realidad. Nadie, es seguro, se había dedicado con tanta consistencia en esos asuntos. Jana no encuentra diferencia alguna entre la locura, los milagros y la fantasía, le da lo mismo, es fóbica de su burbuja recurrente. Es romántica, busca-horizontes, creativa; los diarios categóricos de su pueblo la encasillan en uno de tantos males. Su rostro eternal sosteniendo una mirada serena le dan la oportunidad de conocer hombres a flote; mas ella no tiene tiempo de pensar es esas cosas. En ocasiones piensa que estará sola siempre. Al final, cada esfuerzo que pretende, le resulta hecho, siempre con la esperanza de que unos buenos resultados abundarán. Tiene un frenesí por los test de revistas afeminadas. El último que consultó, la encuadra como una mujer plena. No estuvo de acuerdo con el resultado, lo volvió a responder con gracia, mintiéndose a si misma: mujer de logros. Sólo así dejó la revista. Jana no conoció a su padre, su madre murió después que él. Ella pensó que se extrañaban. Por momentos mira la ventana de su casa y se alimenta de estrellas, hasta que las nubes las cubren se va a dormir; inquieta de sus sábanas. Su cuarto es un esplendoroso viaje de luces y estrellas que ella misma fabrica, luego se siente mujer, y piensa quitarlas. Le gustan las fotografías, su anhelo es encontrar la nota eminente de una de ellas para ambientar una cautelosa impresión auditiva y visual, en una sola mirada. Jana es lo único que tiene en la vida, su nombre. Ella admira a Kafka y a Sartre.

[…] Aboites nunca lo supo.

Jana no conocía a Aboites hasta hace ocho minutos, cuando lo vio correr hasta la cama en la que ella estaba escondida debajo, y se metió.

Una ráfaga de tres luces bengalas en medio de una conglomeración estudiantil en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco, el sonido de las metralletas hacía el contingente y los disparos desde las alturas de los edificios que rodeaban la gran plaza; les dieron oportunidad, cada uno por su lado, a Jana y a Aboites, de correr a buscar su impaciente guarida. Vieron a sus amigos correr omnidireccionalmente, no supieron de ellos.

Muchos disparos. Gritos en pánico. Una histeria colectiva que se dispersaba por todas partes mientras gritaban “¡corran, corran!” y en el centro los pumas gritaban “No se vayan, nos quieren asustar; no se vayan”. Ella escuchó el primer disparo cuando tomaba fotografías a las mantas rojinegras que cubrían las ventanas del Guadalajara. No quiso asustarse hasta que vio tanques militares bloquear las escasas salidas de la plaza; entonces sólo así se arrastró hasta el primer edificio, estando ahí tocó las puertas de los apartamentos. Gritaba. Alcanzó una ventana y se metió, en el apartamento no había nadie, se clavó hasta el cuarto y se metió por debajo de la cama. Es lo único que recuerda Jana.

Al momento del primer trueno, Aboites se cubría del sol bajo una lona, esplendoroso del diálogo que hacía un grupo sindicalizado de hileros, se incluyó en la discusión. Los trabajadores depositaban su fuerza y esperanza en ellos, decían. Cuando las luces bajaban de los cielos él pensó mal, corrió a buscar a su grupo, en ese viaje encontró zapatos y sombrillas tiradas por todas partes, el flujo intrépido de aquellas masas lo contrariaban a su objetivo, logró escapar de ellos hasta que se topó con los Batallón Olimpia apuntando hacía su costado. Y tan plácida memoria de la pólvora lo hizo correr hasta el edificio y meterse en sus pasillos. Cuando miró a su entorno, observó a una mujer brincar por la ventana de un apartamento, la siguió hasta ahí. Estando adentro la mujer se desplazó hasta una habitación y se metió debajo de la cama, Aboites sin extrañeza dio vuelta y la alcanzó. Al verse los dos metidos ahí guardaron silencio sorprendidos.

En esa linda escena en la que los dos se encuentran rozando sus codos, en una habitación del primer piso de un edificio vacío, metidos por debajo de una cama; piensan lo que sucedió. Jana tiembla de miedo y se cansa de llorar. Aboites la mira paciente y sin saber su nombre la abraza por el cuello. Jana siente el calor que provoca su brazo y cierra los ojos. Aboites no puede sentir otra cosa que la palpitación de su pecho. Dos disparos que atraviesan el pasillo exaltan a Jana. En automático gritan dos hombres con la voz trozada y corren por los pasajes hasta caer. Jana comienza a desconsolarse y observan entrar por la puerta unas botas ingentes hasta colocarse frente a la cama.

[…] yo había dicho: “No renegaré a esta soledad que nos orille.
Aboites y Jana…” Bella escena. Y ella sale con:
“No pensarás en salir [con…?”]
La brisa peina las ramas afuera,
murmura, es cadencia. Y mata.

2 comentarios:

AvA dijo...

No sé si era la intensión, pero una crónica actual es lo que se me viene a la mente. Lindo relato de dos pasados muy bien delineados.

Karla Filloy Maristaín dijo...

Me conmoviste cesar tienes esa virtud de mover sentimientos

me quede sin palabras :P