-Tendré que contarles de Gina.-¿Gina?
-Sí. No se imaginan, es la mujer más fuego que conozco.
Sobre la mesa había tres vasos de licor suave, cenizas de cigarro y un Backgammon a mitad de juego. Roco, Leo, y Job, rodeaban la mesa con las piernas abiertas. Vino la primera partida, dos azules para Leo y las rojas se quedan en la inicial. En su rostro se produjeron gestos prudentes.
-No sé, es la primera mujer que tiene chiste.
Job levanta dos azules de la columna y las arroja al centro. Se lleva la mano a la frente y espera en silencio. Ninguna oferta de blancos le hará regresar las fichas que lanzó tan pávido. Roco y Leo lo saben, por eso esperan el siguiente bálsamo. Job se da confianza bebiendo licor.
-La conocí en Mayo, y a partir de ahí me tiemblan hasta lo huesos.
Leo abre la cigarrera y contempla dos cigarros con preocupación. Enciende uno y lo cala con los labios escarchados de piel muerta. Tira el humo sobre el juego. Observa su reloj plateado: dos quince a eme, se mueve tallando los ojos. Levantan dos piezas blancas del tablero sin decir nada. El perro los observa desde la puerta, viejo y reposado.
-Ya no quiero verla. Gina es de ésas. No soporta verme.
La caída de Roco justo en la columna le hace pensar lo difícil que resulta el encuentro. Leo aprovecha metiendo dos azules en las esquinas. Job apuesta con un chasquido de dedos.
-Dos días y no la veo, me preocupa, a veces no piensa en el daño que provoca su apatía. Siempre sabe arreglar bien las cosas sin caer en la rabia. Y yo que me cargo unas ganas de que me escuche. Le diré sus cosas.
Roco al ver su bajeza en el juego decide estirar las piernas y se vale para tomar un respiro lejos del humo que tanto aborrece. Prepara los vasos con más licor. A Job lo encasillan dos blancas y decide rascarse la barba para atenuar los nervios. Sacudido por un escalofrío Leo festeja de un trago los augurios del azar, en su mirada hay un poco de tedio. Ya no tiene marcha y admira la fortaleza que aún guardan los brazos de Roco.
-Se los juro. Mañana vendrá Gina y será otra cosa; me tiene de cabeza, al verla ahí, tan fresca, llena de brisa, se me olvida el coraje.
Leo debe mantener su boca húmeda, y a costa de eso bebe con traguitos que parecen sorbos de té hirviente. El cigarro lo reseca. Sabe que le irrita el juego, pero prefiere jugar que estar solo. Tiene fortuna de estar ahí, piensa.
Ahora que Job se agacha pensando en la siguiente coartada que lo hará salir de la casilla, se trinca todo el licor que aminoraba los demás vasos. El juego es lo único por lo que tiene algo. De no ser por él, Job estaría muerto desde hace tiempo. Nada es peor que vivir en la nada, dice. Siempre se mantiene firme en la primera alianza, pero después cae cometiendo el mismo paso que lo degolla: arrojar las azules y atesorar las blancas. Él lo sabe, pero se aburre pronto.
-Como aquella vez que me llamó inútil, tuve apetito de tirarle los trastos y decirle que se largara, pero en su sonrisa hay mi temor. No vale la pena, en el fondo Gina es buena. Ya llegará el día en que me acostumbre.
Roco regresa a la mesa fajándose el pantalón. Ondula la espalda y espera el tronar de sus huesos: allanado por el licor exhala hondo. Tiene sabor a naftalina en su boca. Hace una palmada para avivarse del sueño y se frota las manos. Se siente listo para la ronda y la espera mirando las fichas. Ancla en promesas que acostumbra hacerse. Roco es el único que mantiene el gusto por el tablero y las piezas. A pesar de que disipa en el intento.
-No conozco a su familia, Gina dice que así está bien, que de cualquier forma me quiere. Pero soy un hombre, y daré la cara cuando ella esté lista para mostrarme ante sus padres. Es cosa que a Gina no le interesa. Y la entiendo, teme que su madre se infarte cuando sepa quien soy.
Tres azules son lanzadas en picada aglutinando con dos blancas que permanecían en la mesa. Leo exclama su victoria. Levanta los brazos cerrando los puños y se bebe todo de un sorbo. Job murmura apacigüe aliviando su desplome. Roco se alegra de entrar al juego una vez más.
Los tres viejos revueltos en años se miran las manos colmadas de venas, los pómulos manchados, su piel delgada y arrugada que cubre piñones frágiles. Las cataratas en sus ojos brillan como la esperanza que almacenan en su pecho. Cada pieza del tablero es tan antigua como sus días mismos. Las derrotas más dignas ya fueron parte de sus fechas, resguardadas por un recuerdo que alimentan en cada charla; y perder la vida es tan bizantino, casi como ganar el juego.
Job se levanta del sofá y va en busca de su cama, doliéndose la espalda se despide. Leo levanta la cigarrera y se acomoda el sombrero. Sale de la puerta con pocas fuerzas. Roco incitado por el juego acaricia el tablero mientras habla entre dientes. El perro camina a él y se enrosca bajo sus piernas.
-No sé si amo a Gina.
El perro lo mira con las orejas rendidas.
Hablar de Gina, una joven enfermera, es tan aburrido como jugar el Backgammon. Todos los martes, a una sola hora: Job, Roco y Leo piensan lo mismo.
A Columba, por supuesto.
2 comentarios:
jaja bueno!
Job, Roco y Leo piensan lo mismo.
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