
Estoy aquí, sentada en el piso al fondo del salón. Tengo que escuchar a cuatro personas hablar de la novela histórica con el tema del bicentenario de la Independencia y Revolución de México. Debo aclarar que no tengo ni el más mínimo interés al respecto; es más, no sé por qué la oradora actual se la ha pasado hablando de museografía. El salón es todo blanco y atrás de mí hay mesas apiladas. No hay sillas disponibles y el piso está algo frío pero no me importa, el día nublado no justifica el sopor que se siente en el ambiente.
Hay un trozo de másquin (masking) en la grieta que une dos mosaicos del piso, se ve viejo y sin sentido. ¿Habrán utilizado este mismo salón para manualidades con fines ornamentales? No lo sé, la última vez que estuve aquí tomé una clase de pintura del renacimiento, acerca de cuando el pinto comenzaba a comprender la infinitud de las dimensiones y dejaba atrás la impresión del "bidimensionalismo". Recuerdo también, que la última clase se vio interrumpida debido a que al fondo del salón, por más raro que parezca, hay un baño, y éste decidió comenzar a regurgitar sin razón alguna. El baño fue arreglado pero clausurado; ahorita lo veo atrás de unas mamparas y las mesas apiladas. Desde mi posición veo las mesas y las cabezas de los oyentes, algunos comen bostezan o escriben, las únicas poniendo atención son las mesas.
El másquin en la grieta me recuerda que uno puede estar en medio de una terrible vastedad sin ser notado pero siempre esperando una ruptura trágica y escandalosa. Ayudaré al másquin y lo enviaré en un viaje por el mágico mundo de la basura de la Ciudad de México. Quién sabe qué cosas le pasarán antes de que se deshaga pero me imagino que la pasará mejor que aquí, siendo pisado e ignorado.
Al momento de quitar el pedazo de papel engomado, un chorrito de agua a presión sale por entre las lozas. Al ponerle el dedo encima, noto lo erosionado que se siente el material, lo poroso que se ha vuelto una vez que el agua lo ha tocado. Busco algo que ponerle encima, el másquin ha escapado... ah maldito... se ríe de mí a la distancia. Mi dedo no impide que entre el agua, sólo desvía el chorro. Al aplicar presión en el agujero, un segundo chorro hace su entrada triunfal. Hasta ahora estoy comenzando a llamar la atención de la audiencia, no todos, sólo los de la última fila. Se está comenzando a encharcar a mi alrededor, el agujero estaba en el lugar más hundido del salón, tal vez había aquí antes una coladera. Debo levantar mi mochila, sino se las verá negras mi libreta que contiene los apuntes de todo el semestre. Debería hacer la letra más grande y ocupar más libretas, así podría leer mis propios apuntes más fácilmente, pero bueno, ahora no puedo pensar en ello. Oficialmente he parado la conferencia y todos voltean a verme consternados. No creo que sepan que fue mi culpa, no sabían de la existencia del másquin, pero mi cara de vergüenza y la actitud nerviosa me han puesto en evidencia.
– Piensa Ale, piensa. No puedes salir corriendo, no te quedes parada. ¿Qué necesitas? Quitar el agua, ni modo, este suéter me gustaba, allá va de absorbente de catarsis.
Alguien ya fue a pedir ayuda. Ya hay mucha agua, se está estancando en la parte trasera, al menos es agua limpia. Total, ya no son murmullos lo que me rodea, son risas y altas voces.
Todo se comienza a inundar, sigo sin poder salir de aquí. La mayoría ha huído, nadie viene, el grito por ayuda fue en vano. El agua cubre arriba de mis rodillas ya. No sé en qué momento el chorro de agua perdió dimensiones. Ya no queda nadie en el salón, de seguro todos están afuera esperando a que el culpable salga. Debí huir antes, antes de colocarme en esta posición tan evidente.
No saldré, me quedaré aquí hasta que encuentre la manera de detener la corriente del líquido vital. Debo sumergirme y meter el dedo en el orificio. No Alejandra, no es momento de pensar en asustadizas teorías anales de Freud. Como los buzos, debes respirar profundo dos o tres veces antes de sumergirte para inflar más los pulmones y aguantar más tiempo la respiración. Una, dos ¡tres! De entre las lozas se nota la presión que ha erosionado el pequeño orificio en un gran boquete. Me incorporo y el agua llega ahora a mi cintura. No sabía que el salón tuviera esta inclinación tan pronunciada. ¿Que nadie dejó la puerta abierta? Vamos, no creo que cierre herméticamente. No importa, no saldré. Sé que es un caso perdido, que no hay nada qué hacer pero, ya vendrá alguien, un fontanero o un rescatador y aquí estaré, ya sea para ayudar o para negarme a ser rescatada. Debo ayudar a arreglar esta falla que mi ociosidad abrió ¿Quién puso ese másquin? Debió de ponerle un letrero o un aviso, creyó que a nadie le importaría más no se imaginó que existía gente que, como yo, se distraería en el piso y removería viejas cicatrices.
Comienzo a flotar, el agua ya está en mi cuello. ¿Será que nadie vendrá, nunca fueron por ayuda? ¿Qué no saben que me he quedado aquí dentro? Tal vez no. Estúpido másquin, morir por una causa tan pobre y todo por la culpa de la temática de estas jornadas universitarias del colegio de humanidades:
Miseria y utopía del Bicentenario de México.
2 comentarios:
jejeje
"Debo sumergirme y meter el dedo en el orificio. No Alejandra, no es momento de pensar en asustadizas teorías anales de Freud."
Haha
Bien!!
Haha
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