Te vi llegar desde afuera, caminabas lento mientras sacudías la sombrilla en la entrada. Estuve aquí la tarde entera, esperando el momento en que llegaras. Llevo dos o tres tazas de café y siento que no me pierdo en el tiempo. Una pareja ha compartido la mesa conmigo, les advertí que no tardabas, no me tomaron en cuenta; es cuando pienso en la fragilidad del ser y del no ser, se marcharon rápido y ni siquiera agradecieron.Ahora ya, hablemos bajo y en susurro. Por detrás es un señor viejo el que se esconde, se pierde entre las flores del mantel. “VAKOG: Visual, Auditory, Kinaesthetic, Olfactory, Gustatory”, la cafetería al este del olvido. Pones tu bolso en el respaldo de la silla y tomas la oreja de mi taza, pruebas: “está hirviendo”, un gesto no ayuda. Circulas la paleta por dentro, dejas el vapor elevarse. Hay una mancha transparente en tu párpado, sé que es lágrima. Me hablas:
-Te he hecho venir porque necesito hablar contigo. Quizá ya sea tarde y no te importe, pero necesito líbrame de esto.
«La palabra no me gusta».
-Mira, me he sentido engañada por ti. No pretendo echarte nada en cara a estas alturas. Pero, sólo pretendo que sepas por lo qué he pasado. Tú y yo estábamos muy unidos, eras especial para mí. Me dijiste que era una persona en quien podías confiar, que te importaba de verdad. ¿Qué pasó para que me abandonaras?
«Esa palabra me gusta menos».
Sonríes intentando aliviar tus ganas de lamentar sin dejar la voz:
-¿Te acuerdas de cuando te fuiste a vivir a Estados Unidos? Confiaste en mí, la primera para contar. Y ahora me he tenido que enterar por otros de que tienes leucemia.
De tu bolso sacas una fotografía, me miro en ella distinto: más joven. Había una alegría reflejada en los belfos que me quita la atención. La dejas junto a la pieza del jarrón. El mesero se acerca:
-Perdona, es que ya llevo un rato mirándote y no sé, ¿estás bien?.
-Si, ya estoy bien. Gracias, te importaría dejarme sola.
-Vale como quieras.
Llevas puesta la gabardina negra y unas botas de felpa paralelas.
-Lo que quiero que sepas es que te he echado de menos. Y si hacía como si no existieras cuando estábamos tomando algo, o no te hablaba, o no te miraba; era porque me dolía en el alma. Siento que ya no eres tú, siento que te has ido y me has dejado para siempre. Y esta vez es peor que cuando te fuiste a EU cinco meses; ahí sabíamos lo que había, ahora sabemos que no hay nada. Sé que no dirás nada porque no es tu estilo, siempre fuiste igual de callado, de misterioso, incluso conmigo. Lo siento, tengo que confesarte que he sentido mucha rabia contra ti. Perdóname.
«A mí no me ha gustado ninguna palabra. Nunca supe por qué te agradaba tanto este lado de la mesa».
-Y estás mucho más lejos que cuando te fuiste a EU. ¿Te acuerdas que en vez de decirnos adiós, nos dijimos hasta luego?, ahí te sentía mucho más cerca. Sé que ya no eres el mismo, sé que ya no encontraré en ti a esa persona especial que me quería. Se me hace un nudo en la garganta. No, lo siento por qué no supe cómo afrontar lo de tu enfermedad, no supe cómo darte mi apoyo, cómo ayudarte. Y tuve que dejar a un lado mi orgullo, ir a verte, eso me costó mucho, no supe cómo hacerlo. Perdóname.
Ambos fijamos la mirada a través de la ventana, una pareja camina en la avenida. Acaricio la piel de tus dedos, no dejo de mirarte. En aflicción te extiendes en un llanto que reprimes con suspiros y un pañuelo de papel. El mesero te observa desde la barra mientras limpia la madera. Sin quitar la vista continúas.
-Bueno, éste es el final para nosotros: Y es así porque es la primera vez que estoy consciente de que no volverás a ser tú. Aunque sé que a veces cerraré los ojos y te veré mirándome fijamente… como ahora. Sé que estarás en la sonrisa de otras personas. Te digo adiós, porque siempre vas a estar en mi corazón.
De una extraña impresión calculo cada gesto de ese ahogo. Con la yema del índice trazas la espiral de azúcar que desmoronó en la mesilla. La mirada se te nubla, esa condición sensible y romántica nunca la trazaste. Te llevas las manos a la boca y te limpias el rostro. Aquella figura de niña me estremece. Los pasos del mesero se acercan a la mesa una vez más:
-Oye, ¿de verdad estás bien?, no sé que me da verte así.
Regresas a la fotografía sin atenderlo hasta que el mesero se aleja sin decir palabra. Departes:
-Lucas, sé que estaré bien. Y ahora quizá te enteres de muchas cosas que nunca te dije. ¿En qué momento nos perdimos?; no es fácil para mí. Saber que te perdí es lo peor que he entendido.
En la puerta cristalizada del café entra un hombre alto, vestido de negro, se allega a nosotros -sin dirigirse a mí- extiende la mano para que la recibas:
-Mariana, amor, es tarde, el sepelio de Lucas es en quince minutos. Sé que extrañas a tu amigo, a mí también me duele. Anda, vámonos.
4 comentarios:
"Ser es parecer" Sartre.
¿Cierto? No lo creo...
me atrapaste un punto.
vale que es oferta viejo ja ja
De este lado existes, luego… pienso ser o no ser, quizá puede ser...
Bueno como sea, es un placer leerlo... jejeje
Enhorabuena César
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