
Sobre la carretera es de donde surgen mejor las historias, si no, pregúntenle a Kerouac, aunque él realmente escribió encerrado en una habitación, detalles nada más. Lo que sucede es que algo tiene el paisaje en movimiento que hace fluir a las palabras. La imaginación sigue la línea blanca al costado de la carretera; cuando se llega a topar con una intersección la imaginación duda, se dirige a donde vayan las líneas, un fin incierto. Si las líneas siguen o no, quien sabe, hay que escoger un camino.
Anoche mi camino llevaba a un lugar no tan incierto y notablemente no muy bello. El asiento trasero del coche de mi prima iba lleno, íbamos por la carretera que los jóvenes atraviesan para conseguir bebida y yo era la invitada oficial de la capital. Supongo es algo ofensivo escribir que quienes me acompañaban querían ser diferentes, gente divertida y de mundo frente a la muchacha de la capital, cuando lo único que ella quiere es pertenecer y mezclarse con los lugareños, sin importar que grandes hazañas hayan realizado en tiempos pasados. El de ascendencia árabe a mi derecha sigue diciéndome cosas que cree que quiero escuchar, él no comprende que no tiene que seguir diciéndome cosas bellas al oído, (aunque internamente quiera reirme del acento con el que las dice). Tiempo pasado me pregunta si siento lo mismo que él, si le causé la misma impresión, yo le sonrío hasta que junto los pantalones para decir las palabras que podrían hacerme quedar como una cualquiera pero que facilitarían la situación: "Yo sólo me quiero divertir". Creo que las tomó bien, comprende que me voy a ir y no volver a saber de él me daría exactamente lo mismo a saber si gana tal partido político o aquél equipo de futbol. En este lado norte del estado de Veracruz las cosas son distintas, para conseguir sustancias que alteren la realidad se recurre a los taxis con cierto número de unidad. Para poder beber tranquilos sin alterar el orden público ni molestar a terceros, se debe pasar de manera ilegal por bardas de propiedad privada y ocultarse. El árabe de nombre impronunciable sabe lo que hace, la verdad es que yo no tanto pero aún así me dejo llevar. Beber a nivel del mar para un residente del Estado de México es una contradicción, se puede ingerir altos niveles en grandes cantidades y aun así mantener la consciencia, pero en mi caso, el deseo de beber tanto se debe a que busco un nivel de inconsciencia, uno que busco desde hace tiempo y simplemente no llega.
El calor es agobiante, no me deja pensar, mi piel arde, los pensamientos corren lento por mi mente; quiero acelerar. Los cartones de cervezas corren como río y hay que ir por más; cuando me ofrezco para ir por más, el árabe cree que es código para alejarnos los dos solos. Me lanzan las llaves del coche mientras los demás, en compañerismo con el que me sigue, nos dejan ir solos, a mi me da lo mismo, sólo quiero moverme, salir del campo cercado. Sé el camino, hay que cruzar el municipio para que nos vendan alcohol a esta hora y se debe tomar un tramo de carretera. Lo único que pasa por mi mente es acelerar, tomar el volante con los dos brazos, la pierna izquierda doblada y la derecha a fondo en el acelerador. Los quemadores de gases naturales de las refinerías arden, la flama es de dos metros de alto; se quema el gas natural para que no se quede en el ambiente, ese gas se desperdicia porque las plantas no tienen capacidad para aprovecharlo. Las llamas de esos incineradores alumbran el camino,al igual que la luna. Voy en un coche que no es el mío, mientras manejo el chico de mi derecha me crea placer, la verdad es que lo disfruto pero no me interesa tanto como seguir acelerando. No conozco muy bien la carretera pero el peralte de las curvas (elevación de la parte exterior de la curva) no deja que me salga del camino. El viento seca poética y patéticamente el sudor de mi frente, de repente, el golpe del aire me despierta. ¿Qué demonios estoy haciendo? El chico está excitado y yo también, pero no sé a qué se debe, si a la velocidad o a su presencia; aparte de eso estoy acelerando en un camino que no conozco a las dos de la madrugada. Observo que se aproxima un puente y pienso que sería tan fácil dar un volantazo, caerme y estrellarme con las rocas de río... Es sólo un pensamiento fugaz, no voy sola en el automóvil y cruzo el puente como si nada, aunque no puedo dejar de imaginar cosas fatales por donde paso.
Llego a un Modelorama para comprar el cartón, el señor que atiende se ríe de los jóvenes que reciclan cartones tras cartones en una sola noche, me ayuda a acomodar las cervezas en la hielera que está en la cajuela. El árabe no baja del coche, supongo que por su actual condición física. Me dispongo a irnos cuando el chico sugiere que nos estacionemos por ahí, en algún lugar perdidizo pero se me ha acabado el interés, deseo regresar con mi prima al terreno baldío, talvez me vea otra estrella fugaz. El árabe no entiende o no quiere entender bien porqué ya no lo deseo y le explico que no pretendo "divertirme" en la parte trasera de un coche al costado de una carretera. Me dice algo más y me indica otra dirección pero la verdad es que por ahora sé a donde me dirijo; sé que debo pasar ese puente derecho, en la tercera curva a la izquierda tomar la desviación hacia el rancho "Luz de luna" y de ahí seguir con las luces apagadas, ciegos entre los enormes árboles de mangos, encontrar la ruptura en la barda y continuar hasta el pequeño claro donde los demás nos esperan.
Al árabe le dicen Rada, el diminutivo de su nombre, no alcanzo a escuchar su nombre completo y tampoco se lo pregunto. Todos aplauden el retorno de las botellas llenas, el calor en el claro es igual de sofocante que entre la maleza. Yo sigo bebiendo en cantidad para apagar la sed. La imagen del coche que vuela por el puente se olvida, el calor absorbe la cerveza pero alenta el metabolismo, la embriaguez llegará cuando ya esté cansada y quiera dormir, aun así, extiendo la mano para que me den otra pues esta ya se acabo. Rada me ve a lo lejos con unos ojos que gritan groserías, me lo gané pero no hay palabras suficientes para explicar el cambio de humor, el calor me carcome y tengo el tiempo suficiente para limpiar mi consciencia.
Esa noche acabó, ahora la línea blanca del pavimento me dirige a mi hogar, ahí donde el corazón está. Es peculiar que cuando estoy fuera y me siento mal, cierro los ojos y me digo la palabra "casa", entonces a la mente se me vienen imágines del hogar que habito; aunque un día por curiosidad, estando en mi habitación, cerré los ojos y me dije la misma palabra, las imágenes que siguieron no eran del lugar en donde estaba, eran campos abiertos, paisajes sin techos... más o menos los lugares por donde voy pasando ahora, por donde la línea blanca del pavimento me indica que continúe. ¿Por qué es tan difícil estar conforme? Parece que huyo de la satisfacción, le temo a confundirla con el conformismo, voltear y ver que lo logrado carece de valor.
Las montañas por las que paso son de un pasto particular, crece sólo unos pocos centímetros y al cruzar la cierra se asoma como un tapete enorme que cubre el suelo, al fondo del valle los árboles bordean un río, por donde te asomes hay diferentes gamas de colores verdes que acaparan la vista. Dice mi padre que si estiro el brazo podría tomar cualquier fruta, que nadie se muere de hambre en la selva; él acelera a fondo y el motor ruge en las rectas que aprovecha para rebasar. Las ramas de los árboles juegan con los cables de electricidad que cruzan la selva, hay ramas que se enredan en las torres de luz, aunque ¿quién enreda a quien? La electricidad llega a los pueblos más escondidos pero la naturaleza la acepta como propia lugareña de la región, tengo que recordar que los rayos eléctricos pegan en la superficie de la tierra cien veces por segundo, talvez no sean tan extraños como lo imagino.
Seguimos por el camino que nos adentra en la república. la vegetación cambia conforme el cielo se obscurece. Quiero acabar esto antes de entrar a la ciudad, para que esto se quede lo más verde posible, con los árboles de mangos y la zona platanera.
Anoche mi camino llevaba a un lugar no tan incierto y notablemente no muy bello. El asiento trasero del coche de mi prima iba lleno, íbamos por la carretera que los jóvenes atraviesan para conseguir bebida y yo era la invitada oficial de la capital. Supongo es algo ofensivo escribir que quienes me acompañaban querían ser diferentes, gente divertida y de mundo frente a la muchacha de la capital, cuando lo único que ella quiere es pertenecer y mezclarse con los lugareños, sin importar que grandes hazañas hayan realizado en tiempos pasados. El de ascendencia árabe a mi derecha sigue diciéndome cosas que cree que quiero escuchar, él no comprende que no tiene que seguir diciéndome cosas bellas al oído, (aunque internamente quiera reirme del acento con el que las dice). Tiempo pasado me pregunta si siento lo mismo que él, si le causé la misma impresión, yo le sonrío hasta que junto los pantalones para decir las palabras que podrían hacerme quedar como una cualquiera pero que facilitarían la situación: "Yo sólo me quiero divertir". Creo que las tomó bien, comprende que me voy a ir y no volver a saber de él me daría exactamente lo mismo a saber si gana tal partido político o aquél equipo de futbol. En este lado norte del estado de Veracruz las cosas son distintas, para conseguir sustancias que alteren la realidad se recurre a los taxis con cierto número de unidad. Para poder beber tranquilos sin alterar el orden público ni molestar a terceros, se debe pasar de manera ilegal por bardas de propiedad privada y ocultarse. El árabe de nombre impronunciable sabe lo que hace, la verdad es que yo no tanto pero aún así me dejo llevar. Beber a nivel del mar para un residente del Estado de México es una contradicción, se puede ingerir altos niveles en grandes cantidades y aun así mantener la consciencia, pero en mi caso, el deseo de beber tanto se debe a que busco un nivel de inconsciencia, uno que busco desde hace tiempo y simplemente no llega.
El calor es agobiante, no me deja pensar, mi piel arde, los pensamientos corren lento por mi mente; quiero acelerar. Los cartones de cervezas corren como río y hay que ir por más; cuando me ofrezco para ir por más, el árabe cree que es código para alejarnos los dos solos. Me lanzan las llaves del coche mientras los demás, en compañerismo con el que me sigue, nos dejan ir solos, a mi me da lo mismo, sólo quiero moverme, salir del campo cercado. Sé el camino, hay que cruzar el municipio para que nos vendan alcohol a esta hora y se debe tomar un tramo de carretera. Lo único que pasa por mi mente es acelerar, tomar el volante con los dos brazos, la pierna izquierda doblada y la derecha a fondo en el acelerador. Los quemadores de gases naturales de las refinerías arden, la flama es de dos metros de alto; se quema el gas natural para que no se quede en el ambiente, ese gas se desperdicia porque las plantas no tienen capacidad para aprovecharlo. Las llamas de esos incineradores alumbran el camino,al igual que la luna. Voy en un coche que no es el mío, mientras manejo el chico de mi derecha me crea placer, la verdad es que lo disfruto pero no me interesa tanto como seguir acelerando. No conozco muy bien la carretera pero el peralte de las curvas (elevación de la parte exterior de la curva) no deja que me salga del camino. El viento seca poética y patéticamente el sudor de mi frente, de repente, el golpe del aire me despierta. ¿Qué demonios estoy haciendo? El chico está excitado y yo también, pero no sé a qué se debe, si a la velocidad o a su presencia; aparte de eso estoy acelerando en un camino que no conozco a las dos de la madrugada. Observo que se aproxima un puente y pienso que sería tan fácil dar un volantazo, caerme y estrellarme con las rocas de río... Es sólo un pensamiento fugaz, no voy sola en el automóvil y cruzo el puente como si nada, aunque no puedo dejar de imaginar cosas fatales por donde paso.
Llego a un Modelorama para comprar el cartón, el señor que atiende se ríe de los jóvenes que reciclan cartones tras cartones en una sola noche, me ayuda a acomodar las cervezas en la hielera que está en la cajuela. El árabe no baja del coche, supongo que por su actual condición física. Me dispongo a irnos cuando el chico sugiere que nos estacionemos por ahí, en algún lugar perdidizo pero se me ha acabado el interés, deseo regresar con mi prima al terreno baldío, talvez me vea otra estrella fugaz. El árabe no entiende o no quiere entender bien porqué ya no lo deseo y le explico que no pretendo "divertirme" en la parte trasera de un coche al costado de una carretera. Me dice algo más y me indica otra dirección pero la verdad es que por ahora sé a donde me dirijo; sé que debo pasar ese puente derecho, en la tercera curva a la izquierda tomar la desviación hacia el rancho "Luz de luna" y de ahí seguir con las luces apagadas, ciegos entre los enormes árboles de mangos, encontrar la ruptura en la barda y continuar hasta el pequeño claro donde los demás nos esperan.
Al árabe le dicen Rada, el diminutivo de su nombre, no alcanzo a escuchar su nombre completo y tampoco se lo pregunto. Todos aplauden el retorno de las botellas llenas, el calor en el claro es igual de sofocante que entre la maleza. Yo sigo bebiendo en cantidad para apagar la sed. La imagen del coche que vuela por el puente se olvida, el calor absorbe la cerveza pero alenta el metabolismo, la embriaguez llegará cuando ya esté cansada y quiera dormir, aun así, extiendo la mano para que me den otra pues esta ya se acabo. Rada me ve a lo lejos con unos ojos que gritan groserías, me lo gané pero no hay palabras suficientes para explicar el cambio de humor, el calor me carcome y tengo el tiempo suficiente para limpiar mi consciencia.
Esa noche acabó, ahora la línea blanca del pavimento me dirige a mi hogar, ahí donde el corazón está. Es peculiar que cuando estoy fuera y me siento mal, cierro los ojos y me digo la palabra "casa", entonces a la mente se me vienen imágines del hogar que habito; aunque un día por curiosidad, estando en mi habitación, cerré los ojos y me dije la misma palabra, las imágenes que siguieron no eran del lugar en donde estaba, eran campos abiertos, paisajes sin techos... más o menos los lugares por donde voy pasando ahora, por donde la línea blanca del pavimento me indica que continúe. ¿Por qué es tan difícil estar conforme? Parece que huyo de la satisfacción, le temo a confundirla con el conformismo, voltear y ver que lo logrado carece de valor.
Las montañas por las que paso son de un pasto particular, crece sólo unos pocos centímetros y al cruzar la cierra se asoma como un tapete enorme que cubre el suelo, al fondo del valle los árboles bordean un río, por donde te asomes hay diferentes gamas de colores verdes que acaparan la vista. Dice mi padre que si estiro el brazo podría tomar cualquier fruta, que nadie se muere de hambre en la selva; él acelera a fondo y el motor ruge en las rectas que aprovecha para rebasar. Las ramas de los árboles juegan con los cables de electricidad que cruzan la selva, hay ramas que se enredan en las torres de luz, aunque ¿quién enreda a quien? La electricidad llega a los pueblos más escondidos pero la naturaleza la acepta como propia lugareña de la región, tengo que recordar que los rayos eléctricos pegan en la superficie de la tierra cien veces por segundo, talvez no sean tan extraños como lo imagino.
Seguimos por el camino que nos adentra en la república. la vegetación cambia conforme el cielo se obscurece. Quiero acabar esto antes de entrar a la ciudad, para que esto se quede lo más verde posible, con los árboles de mangos y la zona platanera.
3 comentarios:
Buena narración, una vez más fue para mi un fruición leerte. Enhorabuena Alejandra **
Despegando los ojos de la pantalla la única expresión que me viene es una actitud activa, e incluso creativa. Dejas una gran sinceridad entre líneas, es casi palpable.
El primer párrafo es fantástico. La descripción de aquellos paisajes me trasladó a Veracruz, hacía mucho que no iba, y ahora ya lo hice; alcancé esa forma mitológica, me llevaste de la mano. A lo alto de un puente del que pocos tienen el valor de arrojarse.
Felicidades por esto Ale...
tierno :P te digo que tenés suerte ahora con una arabe jiji
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