Llevo en la palma de mi mano izquierda un futuro, una vida que se superpone en negativa ficta; haberes, nada más. Guardo en ella míseras líneas trazadas hacía una ruta natural, delicadas y nada escultóricas. Surcos casi indelebles de aquello que me espera en emboscada; están conmigo, me doy cuenta, los observo y los sigo conservando sin dejar de lado la contemplación, la más pura y la más sincera. De alguna manera siento que los huecos en mi mano me van a salvar; salvarme de algo que no se fermenta. No quiero dejar atrás el tiempo malogrado (porque de llana forma me sostiene), como el péndulo de hierro que se abalanza bajo las manecillas de oro y óxido «sincronizadas al compás, al compás de mis días». La vida me ha batido, me ha hecho esperarle: sosteniéndome apenas con las puntas de los pies, inclinándome en un ahogo de saliva, con los párpados cansados, escuchándome de propia voz las mismas leyendas, ésas que no acarrean ni deleitan; embelesándome en inconciencia. Quién diría que es una la vida y la inercia. Ahí mismo, guardo los más ingenuos recuerdos, cabellos de dos cabezas atorados en los pocos dientes del cepillo, puñetazos en el cráneo que despiertan al crujir de los nudillos. Me basta decir por ahora, que entre la felpa y la rugosa –cada lado de la noche-, se esconde un antojo que no muere, un Soñador que no yacerá siendo un exquisito cadáver para gusanos. Y es que tanto tiempo despierto me ha hecho ciego, un cíclope de corazón flojo que se alimenta de su propia palpitación. De esta manera, he prometido -bajo el techo de Tirol- barrer tantos recuerdos que se han quedado, destapar la felicidad que guardo en una taza de azúcar refinada, abrir la caja negra de un avión siniestrado cual piloto no se atreve abrir, restar segundos a la freidora que atrapó mi cabeza, hacer un solo nudo a la corbata que llevo y en ella una quimera de letras perennes «Soñador», porque mañana, el mañana que trasciende, es probable que no llegue.Fuera de ese mundo en que estuvimos uno a uno. Fuera de ese mundo en que ahora estoy yo, solo como un héroe, pero sin ninguna razón para sentir coraje: la desgracia ajena no me roza, en ocasiones sí, pero hoy sin duda, es uno de esos días que no pasa. Me ha quedado una quinta parte de mis buenos propósitos, de mis buenos proyectos, de mis buenas intenciones, pero la quinta parte que me ha quedado de lucidez, alcanza para darme cuenta de que eso no sirve. En el fondo, nada de eso es demasiado importante, mas en el gesto hay familiaridad, hay sencillez, hay un germen cautelar que embarra más sentidos que personas. A causa de la disnea me veo forzado a despertar jadeante, en calor y en busca de aire sobre el edredón de inapagable valor –un valor que nunca adelgaza-.
Y es que a los ojos de una gitana cualquiera de mis líneas significa algo.
1 comentario:
muy bien!, la historia te jala desde el principio y el lector no sabe de que estás hablando, pero al final del texto rematas justo donde tienes que rematar y es muy bonito porque provocas en el lector la necesdidad de volver a leer para entender.
Muy pocas personas escriben con esa habilidad de provocar en el lector un impacto instántaneo.
Este texto me deja ver que has madurado no sólo en tus textos (que es una maravilla hermosa) sino que también maduras en la narrativa y sobre todo en tu razonamiento.
Hay un texto que publicaste en donde por primera vez te leí, se llama Pixie por un concierto o algo así, te quiero invitar a que leas ese texto y cuando termines leas este otro y me digas sino tengo razón.
Es una inmensa alegría leer tus textos pero sobre todo es una maravilla ver como creces día con día.
Un abrazo César, me urge hablar contigo.
Publicar un comentario