No hay nada más cadencioso que levantarse con el sonido de C´mon C´mon de The Von Bondies zumbando en los oídos (no recuerdo por qué puse la alarma). Por allá de las siete de la mañana resonaba la rolita en todo su esplendor con ecos y toda la cosa porque la casa, como es costumbre, se encontraba vacía por trabajo, escuela, etc. Y yo que no despertaba hasta la segunda pausa de la canción, cuando sonaba más fuerte.
La primera plana estaba llena de balones y marcadores de los partidos de fin de semana. Busqué al jefe Diego en las columnas pero fue inútil, ya parece que nos importa dónde pueda estar si hasta un favor nos hicieron. Y adrede que decían que las cosas malas sólo les pasan a los hombres buenos; ahí tienen la prueba. El día que supe que Ceratti estaba enfermo me dieron ganas de dejar de fumar, y sólo se quedó en ganas. Pero si saqué el disco que me regalaron uno o dos meses después de mi cumpleaños (gracias) y me fui en el carro escuchando el disco. No había tránsito (mta! así dan ganas de salir diario) por lo que sólo pude escuchar 6 tracks. Me quedé pensando por un rato en varias cosas, de esos recuerdos que te emergen mientras el semáforo cambia de rojo a verde:
***
Recordé la cita 126 al terapeuta, la última.
El perchero y el casillero estaban completamente limpios, cosa rara después de la cita 003 donde el compromiso familiar se hizo amistad y le importaba poco que la oficina estuviera limpia o no. La terapeuta era una psicóloga muy allegada a la familia y como en su clínica no llegaba nadie, mi madre pensó que era buena idea ir con ella para que compartiéramos cosas “juntos”. El primer día que decidí ir a visitarla platicamos de música, Pearl Jam y Joy Division eran el clímax en nuestras conversaciones. A mi me gustó la idea porque Gabriela había sido como de la familia desde hace varios años sin tener vinculo alguno; y ayudarle con el hecho de que su consultorio no se viera solo, era la manera menos exacta de equiparar tantos años de amistad con la familia. Había tres cosas realmente extrañas en su consultorio que hacían la diferencia de todos los demás consultorios y quizá por ello y por las cosas que poco a poco fui descubriendo con el transcurso de las visitas, me hacían pensar que era el mismísimo consultorio de Freud en Viena.
Número uno: Una pecera resguardada en sus orillas de madera carcomida y bastante grande para albergar a un pez naranja y gordo. Bautizado por ella con el nombre de Yo. A mí me dio mucha risa el nombre, pensé en regalarle otros dos más con el nombre de Superyó y Ello. Pero no, para ella sólo había Yo. Si bien parecía que el pez supiera su destino único en la vida como el pez que salvara a la psicóloga con consejos en forma de burbujitas entre su boca, no era extraño viniendo de ella. A cada momento consultaba a Yo para poder emitir un análisis, y no sólo terapéutico pues en eso no nos detuvimos; pero si rutinarios, como ¿qué opinas?, ¿verdad que si Yo?. Bueno, después empecé a creer que el pez tenía influencia directa con la psique de su dueña o que había una especie de comunicación no reconocida por mí para entenderse y consultarse uno a otro, aunque siendo sinceros, nunca vi al pez pedirle un consejo o consentimiento a las afirmaciones de Gabriela. El pez sólo era pez y ya.
Número dos: el sillón de terapia no era común como todos lo que hasta ese momento había visto en las películas o imaginado en libros. Era un sillón muy grande donde cabíamos los dos en forma de mano abierta y con los dedos juntos. Al principio me daba turbación y desconfianza, pero después me acostumbré a recostarme en una mano gigante muy cómoda.
Número tres: En el librero había cinco tomos del mismo libro, uno tras otro, totalmente nuevos. Más abajo estaba el mismo libro en diferentes ediciones, tres ediciones distintas y muy bien asignados a cada espacio del librero. Manual de Psicomagia en 7 libros. La verdad nunca quise preguntarle la razón de aquella manía, pero era innegable que guardaba un gusto y afecto por él.
En cuanto a ella había muchísimas cosas que la hacían interesante, brincaba de una charla a otra olvidando la primera y era casi imposible saber dónde terminaría una de sus platicas; por ejemplo, una vez comenzamos hablando de mi madre y en un par de minutos ya me estaba contando de cómo odiaba su uniforme escolar de la primaria. Así nomás. Entre muchas otras cosas que me hicieron seguir visitándola fue el metódico parpadeo y levantamiento de cejas simulando sorpresa por cada cosa que yo dijera. Así fuera lo más irrelevante, para ella era como algo que sus oídos jamás habían escuchado. Y eso, aunque fuera algo involuntario le daba un sentido interesante a nuestras disertaciones y comentarios.
Mi madre siempre preguntaba por ella y se mandaban saludos, saludos que nunca les di. Pero sabía en el fondo que Gabriela hablaba con mi madre por las noches y se colgaban en el teléfono. Lo más extraño fue que Gabriela hablaba totalmente diferente, como otra Gabriela que ya no me gustaba tanto.
Siempre pensé que su vida era como una especie de honor constante al caos. Nunca perdió el encanto para hundirse sola en sus propios problemas. Además de que platicar con ella era como vivir tranquilo y sentirse un poquito más sano para cuando llegaba el momento de compararnos. Se había divorciado dos veces y uno de sus hijos era de su instructor. La voz no se le paraba nunca, hablaba y hablaba; bueno hasta el fracaso con su instructor sabía, sus posiciones y sus fantasías (algunas reprimidas) con medio mundo. Continuamente jugaba con un cerebro de esponja que tenía en el librero para quitar el estrés, según. Pero en mí no resultó el mismo efecto, me sentía un carnicero jugando con un cerebro entre las palmas de la mano, y eso me estresaba más.
Cuando llegó la cita número 126, la última, efectivamente el perchero y el casillero estaban completamente limpios. Eso me extrañó pero con ella cualquier cosa era impredecible, así que no pregunté nada. Le llevaba unos videos de Mario Viñuela que me había encargado para pasar el rato y los dejé en el escritorio. Era muy raro que se quedara callada pensando con la mirada hacía el piso, así que por fin me animé a preguntarle qué pasaba. Después de escucharla, me arrepentí de haber preguntado.
(me hubiera gustado enterarme que sería la última)
En navidad le envié el libro “Manual de Psicomagía” de Jodorowsky, su preferido. Mi familia y yo recibimos algo de ella por correo. Para mí, el cerebrito de esponja que tanto odiaba y el nuevo cortometraje de Mario Viñuela titulado “Habitación 303” con una notita:
-Eres la sexta persona que me regala este libro.
Entonces supe que aquellos libros que había visto en el librero no eran realmente un afecto, sino una casualidad.
***
Total, cuando llegué a mi destino por la mañana aún con el disco de Ceratti puesto, le marqué a su nueva oficina. Hubo una contestadora que me desanimó por completo y colgué. Quizá otro día lo haga.
La primera plana estaba llena de balones y marcadores de los partidos de fin de semana. Busqué al jefe Diego en las columnas pero fue inútil, ya parece que nos importa dónde pueda estar si hasta un favor nos hicieron. Y adrede que decían que las cosas malas sólo les pasan a los hombres buenos; ahí tienen la prueba. El día que supe que Ceratti estaba enfermo me dieron ganas de dejar de fumar, y sólo se quedó en ganas. Pero si saqué el disco que me regalaron uno o dos meses después de mi cumpleaños (gracias) y me fui en el carro escuchando el disco. No había tránsito (mta! así dan ganas de salir diario) por lo que sólo pude escuchar 6 tracks. Me quedé pensando por un rato en varias cosas, de esos recuerdos que te emergen mientras el semáforo cambia de rojo a verde:
***
Recordé la cita 126 al terapeuta, la última.
El perchero y el casillero estaban completamente limpios, cosa rara después de la cita 003 donde el compromiso familiar se hizo amistad y le importaba poco que la oficina estuviera limpia o no. La terapeuta era una psicóloga muy allegada a la familia y como en su clínica no llegaba nadie, mi madre pensó que era buena idea ir con ella para que compartiéramos cosas “juntos”. El primer día que decidí ir a visitarla platicamos de música, Pearl Jam y Joy Division eran el clímax en nuestras conversaciones. A mi me gustó la idea porque Gabriela había sido como de la familia desde hace varios años sin tener vinculo alguno; y ayudarle con el hecho de que su consultorio no se viera solo, era la manera menos exacta de equiparar tantos años de amistad con la familia. Había tres cosas realmente extrañas en su consultorio que hacían la diferencia de todos los demás consultorios y quizá por ello y por las cosas que poco a poco fui descubriendo con el transcurso de las visitas, me hacían pensar que era el mismísimo consultorio de Freud en Viena.
Número uno: Una pecera resguardada en sus orillas de madera carcomida y bastante grande para albergar a un pez naranja y gordo. Bautizado por ella con el nombre de Yo. A mí me dio mucha risa el nombre, pensé en regalarle otros dos más con el nombre de Superyó y Ello. Pero no, para ella sólo había Yo. Si bien parecía que el pez supiera su destino único en la vida como el pez que salvara a la psicóloga con consejos en forma de burbujitas entre su boca, no era extraño viniendo de ella. A cada momento consultaba a Yo para poder emitir un análisis, y no sólo terapéutico pues en eso no nos detuvimos; pero si rutinarios, como ¿qué opinas?, ¿verdad que si Yo?. Bueno, después empecé a creer que el pez tenía influencia directa con la psique de su dueña o que había una especie de comunicación no reconocida por mí para entenderse y consultarse uno a otro, aunque siendo sinceros, nunca vi al pez pedirle un consejo o consentimiento a las afirmaciones de Gabriela. El pez sólo era pez y ya.
Número dos: el sillón de terapia no era común como todos lo que hasta ese momento había visto en las películas o imaginado en libros. Era un sillón muy grande donde cabíamos los dos en forma de mano abierta y con los dedos juntos. Al principio me daba turbación y desconfianza, pero después me acostumbré a recostarme en una mano gigante muy cómoda.
Número tres: En el librero había cinco tomos del mismo libro, uno tras otro, totalmente nuevos. Más abajo estaba el mismo libro en diferentes ediciones, tres ediciones distintas y muy bien asignados a cada espacio del librero. Manual de Psicomagia en 7 libros. La verdad nunca quise preguntarle la razón de aquella manía, pero era innegable que guardaba un gusto y afecto por él.
En cuanto a ella había muchísimas cosas que la hacían interesante, brincaba de una charla a otra olvidando la primera y era casi imposible saber dónde terminaría una de sus platicas; por ejemplo, una vez comenzamos hablando de mi madre y en un par de minutos ya me estaba contando de cómo odiaba su uniforme escolar de la primaria. Así nomás. Entre muchas otras cosas que me hicieron seguir visitándola fue el metódico parpadeo y levantamiento de cejas simulando sorpresa por cada cosa que yo dijera. Así fuera lo más irrelevante, para ella era como algo que sus oídos jamás habían escuchado. Y eso, aunque fuera algo involuntario le daba un sentido interesante a nuestras disertaciones y comentarios.
Mi madre siempre preguntaba por ella y se mandaban saludos, saludos que nunca les di. Pero sabía en el fondo que Gabriela hablaba con mi madre por las noches y se colgaban en el teléfono. Lo más extraño fue que Gabriela hablaba totalmente diferente, como otra Gabriela que ya no me gustaba tanto.
Siempre pensé que su vida era como una especie de honor constante al caos. Nunca perdió el encanto para hundirse sola en sus propios problemas. Además de que platicar con ella era como vivir tranquilo y sentirse un poquito más sano para cuando llegaba el momento de compararnos. Se había divorciado dos veces y uno de sus hijos era de su instructor. La voz no se le paraba nunca, hablaba y hablaba; bueno hasta el fracaso con su instructor sabía, sus posiciones y sus fantasías (algunas reprimidas) con medio mundo. Continuamente jugaba con un cerebro de esponja que tenía en el librero para quitar el estrés, según. Pero en mí no resultó el mismo efecto, me sentía un carnicero jugando con un cerebro entre las palmas de la mano, y eso me estresaba más.
Cuando llegó la cita número 126, la última, efectivamente el perchero y el casillero estaban completamente limpios. Eso me extrañó pero con ella cualquier cosa era impredecible, así que no pregunté nada. Le llevaba unos videos de Mario Viñuela que me había encargado para pasar el rato y los dejé en el escritorio. Era muy raro que se quedara callada pensando con la mirada hacía el piso, así que por fin me animé a preguntarle qué pasaba. Después de escucharla, me arrepentí de haber preguntado.
(me hubiera gustado enterarme que sería la última)
En navidad le envié el libro “Manual de Psicomagía” de Jodorowsky, su preferido. Mi familia y yo recibimos algo de ella por correo. Para mí, el cerebrito de esponja que tanto odiaba y el nuevo cortometraje de Mario Viñuela titulado “Habitación 303” con una notita:
-Eres la sexta persona que me regala este libro.
Entonces supe que aquellos libros que había visto en el librero no eran realmente un afecto, sino una casualidad.
***
Total, cuando llegué a mi destino por la mañana aún con el disco de Ceratti puesto, le marqué a su nueva oficina. Hubo una contestadora que me desanimó por completo y colgué. Quizá otro día lo haga.
3 comentarios:
Quizá otro día lo haga...
Quizas otro dia...
Quizas otro...
Quizas...
Quizas...
Quizas...
Enhorabuena César
bonito y moderno
excelent
escribe mas seguido ;)
Publicar un comentario