jueves, 14 de enero de 2010

MCMLXXXVIII

Nadie imaginó que Marc Crosas sería futbolista cuando lo observaron en los brazos de su madre a unas horas de haber nacido, como tampoco nadie sabía que Hugo Sánchez sería llamado históricamente Pichichi unos meses después. Que el cromosoma Y, con todo y olimpiadas, se podía aislar. A los tres días después, muere el presidente chino Chiang Ching-Kuo y a la par ya se inauguraba ese año como el año del Dragón en el horóscopo chino.
Para entonces, la cantante Joan Baez ya había nacido y seguramente festejaba su cumpleaños en algún bar de California deteniendo la guitarra sobre su pierna; y por supuesto y por si acaso, la generación que nacía sería llamada: Generation Y, depositando un delgado toque de esperanza en esa Y.

Después perdí la cuenta, a los catorce años figuraba entre la familia como un personaje históricamente recatado o rebelde, de un extremo a otro se me podía llamar más o menos, igual. En los años siguientes no supe de nada y varios con los que compartía butaca de escuela, tampoco supieron nada de mí. Así los perdí y me perdieron, a ninguno de nosotros nos interesó la vida de uno ni de otro. De vez en vez, cuando visitaba lugares concurridos de la zona, me enfrentaba con las charlas de esos viejos colegas, a veces decepcionante a veces incrédulo; tan fuerte era para mí reconstruir sus vidas, y como un martillo en la sien las palabras de aquellos eran tormentos.

Pasada la tarde me hospedé en la costa, ese olor a hotel es frío pero minucioso, en la terraza del cuarto las olas del mar iban una tras otra con fuertes golpes en la arena, más al centro el color cambiaba de gris a azul; así era la fuerza de las ideas, una seguida de otra para terminar totalmente aislada y -como era notable- el color de la idea variaba en tenues pincelazos, parecido a aquella palmera asistida por un platanero y dos buganvilias secas. El control era persistente, había que dejar las raíces debajo para que las hojas molasen.
Para comenzar un año las cosas no arrancaban bien, la rescisión de la crisis recetada por una dosis de cinismo, un encuentro con la lluvia o un gasolinazo daban lo mismo. Pero allá las cosas cambian, uno nunca se entera de nada a menos que desvíes la mirada, pero ni así te da tiempo de equivocarla. Allá mismo conocí a Fernanda, una señora de varios años que me enseñó más que palabras: Bule, Volos, Peido, Guaca, Micha, Champola y Kíkiri; y mientras se cubría del frío con un telado, mencionaba la afluente historia de Pichi, su perra; tan solaz y placentera como la vida propia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buen relato, me gusto mucho como manejas el género narrativo y poético, con tus vivencias cotidianas.

Enhorabuena, César

Karla Filloy Maristaín dijo...

sigue la esperanza en esa Y??
yo creo si jeje